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Totana, en época de comuneros y liberales, una mirada a tiempos envueltos de aires de cambio (1520 y 1820), por Juan Cánovas Mulero. - 12/01/2021

En el discurrir histórico de Totana nos de­tenemos en dos principales efemérides que resuenan con contenido y entidad en el engranaje de su andadura, se trata del movimiento comunero surgido en 1520 y el inicio, en los primeros meses de 1820, del Trie­nio Liberal. Nos separan de cada uno de ellos quinientos y doscientos años, respectivamen­te y, aunque este año de 2020 deberíamos haber celebrado la trascendencia, conteni­do y esencias de ambos sucesos, las circuns­tancias no han permitido rememorar esos aconteceres. Presentamos estas sencillas aportaciones como tributo de la memoria a algunos de los rasgos que los significaron.

El movimiento comunero cuestiona el orden establecido y afianzado en la seguridad de la fortaleza de Aledo. En 1520 se fraguaba en «el arrabal de Totana» el fenómeno comunero, una situación de claro y rotundo desacato a la autoridad real. El ideario comunero, impulsado por principales ciudades de arraigada partici­pación en Cortes, parece no coincidir con las expectativas de un humilde núcleo rural, «el lu­gar de Totana», donde estaban «las labores de la villa de Aledo», y que consideramos alejado de reivindicaciones de esa naturaleza. Es por ello que cautiva la actitud atrevida, la apues­ta firme y decidida del grupo de vecinos que rompiendo con el statu quo se embarcaban en tan incierto proyecto, sobre todo, cuando un importante número de ellos eran personas de saneado nivel económico. De hecho, el principal cabecilla, capitán del movimiento, Bartolomé de Cayuela «el Viejo», era «hombre rico» y bien posicionado en la dicha villa. Son varios los estudiosos que han querido ver en ese compromiso de las gentes de esta tierra el intento de dotar al lugar de Totana de una autonomía e identidad que era monopolizada por Aledo y que impedía cualquier opción de organizar la vida política del arrabal fuera del control de la sólida estructura de la autoridad de los munícipes que, fundamentada en la fidelidad al monarca, estaban afianzados en la fortaleza y en torno a la cual tendrían sus propiedades de tierras y aguas. En la consecución de sus aspiraciones llegaron a confederarse con los comuneros de «Caravaca, Cehegín, Murcia, Lorca y Cartagena», poniendo, con el apoyo de refuerzos llegados de esas poblaciones, cerco a Aledo, bombardeando la fortaleza y dañando propiedades y cultivos de los que se mantuvieron fieles al monarca y que encontraron protección en el baluarte amurallado, en donde también se refugiaron regidores procedentes de otras poblaciones del entorno.

Tras poco más de año y medio de conflicto, las pretensiones comuneras fueron sofocadas por las tropas de Carlos I, suponiendo la derrota de Villalar en abril de 1521 un duro revés para los rebeldes. Aunque sus principales cabecillas fueron juzgados y condenados, el emperador concedió en el otoño de 1522 un perdón general, amnistiando a los que habían participado en las comunidades. Unos meses antes, se abría en Totana proceso criminal contra «Bartolomé de Cayuela y Alonso Hernández, vecinos de la dicha aldea, por su participación como capitán y escribano respectivamente, en la rebelión comunera». Al parecer los acusados abandonaron la población, antes de que se resolviera la querella, no sabiéndose nada más de ellos.

Sin embargo, un tiempo después, la realidad de los hechos acabó por imponerse al negacionismo inmovilista del enroscado poder tradicional, pues la población emprendió la ocupación del valle atraída por las esperanzadoras posibilidades económicas que ofrecía.

Estos planteamientos que responden a una cierta secuencia lógica de los hechos se mueven también en el terreno de la hipótesis, en tanto que no disponemos de documentación que nos sitúe ante el programa de los comuneros locales, que recojan sus opiniones, programas, objetivos... Tan solo contamos para el estudio de esta realidad con el pleito que se llevó a cabo por los servidores de la autoridad real contra los comuneros tras su derrota, con lo que esta documentación, generada por la parte vencedora, representa la visión parcial de la «oficialidad» y con ella del continuismo.

Totana en 1820, una mirada al inicio del Trienio Liberal en la localidad, un periodo con intensas lagunas históricas. En abril de 1814 un grupo de diputados absolutista con el apoyo de militares se ofrecían a Fernando VII para restaurar el absolutismo monárquico en España, rompiendo con los aires de liberalismo que emanaban de la Constitución de 1812. Se iniciaban entonces una serie de injerencias en las que jefes militares cambiarían el rumbo de los aconteceres históricos, prescindiendo de la voluntad de los ciudadanos y del devenir político de las diferentes coyunturas, en un intervencionismo ajeno al quehacer militar. Unos pronunciamientos de signo más conservador como también otros de apuesta progresista, han marcado la historia de nuestro país en los dos últimos siglos.

La etapa liberal (1820-1823) se presenta en Totana intensamente opaca debido a la pérdida de los valiosos documentos que emanan de las actas capitulares generadas por el Concejo en esos años y que se cuenta fueron enviados a la Chancillería de Granada para la resolución de pleitos derivados del Trienio. Infructuosos intentos no han permitido su localización, una lamentable contrariedad que limita grandemente el conocimiento e investigación de esa etapa de nuestro pasado.

El 1 de enero de 1820 tenía lugar en Totana el nombramiento de una nueva corporación presidida por el alcalde mayor Francisco de Rivas, un ejecutivo local que continuaría con las líneas marcadas por el absolutismo en el que se mantenía la monarquía española. Ese mismo día comenzaba un nuevo periodo en el que Fernando VII se vería forzado a acatar la Constitución de 1812. El hecho desencadenante tenía lugar en la localidad sevillana de Cabezas de San Juan, en donde el coronel Rafael Riego se pronunciaba en favor del texto liberal aprobado en Cádiz e instaba al monarca al restablecimiento constitucional. Pasaron varios meses sin que la propuesta alcanzara éxito hasta que, finalmente, en marzo el rey aceptaba jurar la Constitución de Cádiz, lo que le obligaba a decretar una amnistía y a convocar elecciones, poniéndose en marcha el engranaje liberal que había denostado seis años atrás.

La información del cambio legislativo producido en el país llegaba a Totana el 15 de marzo de 1820, momento en el que se leían los reales decretos que informaban que el rey había jurado la «Constitución establecida por las cortes generales y extraordinarias del año 1812». En ese contexto se comunicaba la decisión del monarca de que «en todos los pueblos de la monarquía se hagan inmediatamente las elecciones de alcaldes y ayuntamientos constitucionales, con arreglo en todo a lo prevenido en la constitución política y a los decretos que de ella emanan». El acto institucional se acompañaba en Totana con la presencia de numerosos vecinos en la plaza pública «pidiendo con el mayor anhelo la publicación de la constitución y diciendo en altas voces Viva el Rey, la Constitución y Religión, pidiendo a su continuación su proclamación y juramento». Se procedía entonces al nombramiento de los nuevos cargos del concejo. Constituido este órgano de gobierno se ejecutaba «la proclamación y juramento de la Constitución». Este acto, realizado con toda solemnidad, tenía lugar en el templo parroquial de Santiago.

A pesar de la buena acogida del cambio, tres años después, en un ciclo de difícil convivencia entre el gobierno liberal y el monarca, el experimento finalizaba en 1823 con la vuelta al absolutismo y la persecución del liberalismo.

En Totana, lamentablemente poco podemos conocer de la evolución de esta nueva etapa por la desaparición de la documentación que permitiría adentrarse en las dificultades y entresijos que tejieron el periodo, aunque sí sabemos que no cejaron las dificultades, especialmente las provocadas por la pertinaz sequía, de hecho en marzo de 1821 se solicitaba la celebración de rogativa a santa Eulalia reclamando su intervención bienhechora al hallarse por «la falta y escasez de lluvias» prácticamente malograda la sementera y «el vecindario en la mayor consternación por perder su principal subsistencia de la cosecha de granos.

Juan Cánovas Mulero

































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