Dos populares fiestas en Totana en torno al quince de agosto: la Asunción, en el escenario de La Santa y san Roque, en su ermita

Dos populares fiestas en Totana en torno al quince de agosto: la Asunción, en el escenario de La Santa y san Roque, en su ermita
Dos populares fiestas en Totana en torno al quince de agosto: la Asunción, en el escenario de La Santa y san Roque, en su ermita

A lo largo del discurrir de Totana sus vecinos se han congregado en momentos de especial arraigo y significado para ensalzar acontecimientos que, conectados con sus tradiciones e identidad, han ido acrecentando su sentido de pertenencia al grupo. El compartir la alegría, el saberse miembros de una comunidad, la seguridad que emana del encuentro con los demás son principales referentes
para cuidar, conservar y potenciar celebraciones tan entrañables como las que recordamos en esta aportación.


LA ASUNCIÓN DE MARÍA, LA VIRGEN DE AGOSTO
La veneración a la Virgen María tiene una honda raigambre en la iglesia católica.
El apego a la figura materna que define al ser humano, como también la presencia fiel, callada, valiente y constante de María en la vida de Jesús de Nazaret, concurrieron para honrar a tan cardinal figura de la historia de la Salvación.
Aunque el dogma de la asunción de María en cuerpo y alma al cielo es relativamente joven, pues fue proclamado por el papa Pío XII el uno de noviembre de 1950, la consideración y piedad al
oficio de la Dormición de María o Tránsito de María al cielo surgía en la fe de Oriente con los primeros pasos del cristianismo, incorporándose a la liturgia en el siglo sexto, en tanto que los Padres de
la Iglesia proclamaron su certeza de que el cuerpo de la madre del Hijo de Dios no podía experimentar la corrupción, determinando que la solemnidad de este acontecimiento se memorase cada quince de agosto.
Se ofrece La Santa como un escenario en el que la naturaleza se muestra radiante y generosa. En este entorno, de extraordinario atractivo, comenzó a configurarse la festividad de la «Virgen de agosto». Hasta él llegaban vecinos no solo de Totana sino de poblaciones de los alrededores e incluso de las localidades limítrofes con Almería para saborear un tiempo de descanso en este
singular paraje.
Lo enraizado y extendido de estas prácticas convocaba una gran afluencia de romeros, así lo recoge en sus escritos, a finales del siglo XIX, el historiador local José Mª. Munuera, señalando
que, el espacio se mostraba insuficiente «para contener tantos seres como en amigable consorcio forman grupos donde encuentran un raso para acampar y bailar». Para ordenar este flujo, las
autoridades locales desplazaban a representantes del Concejo que, entre otras tareas, controlasen los fuegos y el empleo de ramas de pinos para el adorno de los carruajes, animando a engalanarlos «con lentisco, murta, romero… ».
Este evento ha conocido diferentes altibajos, fases de apogeo y otras de decaimiento. A pesar de ello, mantiene activo el espíritu que le animó en otros tiempos, aunque eso sí, adaptado a la realidad de nuestros días.


LA FESTIVIDAD DE SAN ROQUE EN TOTANA
Celebraciones en torno a su ermita La devoción a san Roque, protector de las enfermedades infecciosas y, especialmente, de la peste, favoreció que numerosas poblaciones del orbe católico levantasen enclaves religiosos para requerir su patrocinio y salvaguardia.
De igual modo, otras, como fue el caso de la villa fortificada de Aledo, pusieron las esperanzas en la capacidad bienhechora de san Sebastián, alzando una ermita en uno de los accesos al recinto amurallado. En esa misma línea de actuación, Totana comenzaba la construcción de edificio dedicado a san Roque a finales de la década de 1550, concluyéndose en los últimos años del siglo XVI, pues entre 1582 y 1589, se compró madera en la Puebla de don Fadrique, para acabar su techumbre.
Ubicada en una de las vías de acceso a la villa, «en la calle que va a señora santa Olalla», se instalaron en ella los frailes franciscanos alcantarinos a su llegada a la localidad, hasta que, a principios
del XVII, se trasladaron a un nuevo establecimiento.
En 1607, el Concejo totanero, consciente del arraigo de este fervor, pues la «advocación de señor san Roque, es promesa y voto muy antiguo», celebrándose «desde tiempo inmemorial su santo día», «y es abogado y patrón, en particular de esta villa y todos los vecinos de ella le tienen particular devoción», e instalados ya los franciscanos fuera de este recinto, asignaba un ermitaño para el cuidado y apertura de la ermita, para que «los devotos que acudan de ordinario a rezar y a sus devociones», puedan cumplir con sus compromisos creyentes y en consideración al gran beneficio «de las almas y fieles cristianos». Este responsable de la preservación del lugar fijó su residencia en la casa contigua a la ermita, un inmueble que, sujeto a varias rehabilitaciones, fue derribado en 1990 para mostrar en mayor prestancia el edificio religioso.
Los actos programados en honor de san Roque atraían a numerosos vecinos.
De ello da buena cuenta la prensa de la época. Así, el Diario de Murcia, en su edición de 20 de agosto de 1897, refería los actos litúrgicos para honrar a tan glorioso benefactor (novenario, misa), los que estuvieron acompañados de la orquesta que dirige el afamado músico Juan Miguel Marín, asistido por «los mejores cantores de la localidad ». Ese año, además, se potenciaron por el valioso apoyo que llevó a cabo el entonces mayordomo, Natalio Martínez Vera, agradecido porque su hijo Wenceslao había regresado sano de Filipinas.
Estas realidades vincularon a los moradores del lugar con todo lo relacionado con san Roque. En la década de 1890, el historiador local Munuera y Abadía señalaba que, en la solemnidad del santo, era tradición asistir a su ermita «desde las primeras vísperas hasta la postura del sol del día siguiente ». Aquella motivación se había incrementado por la constante presencia que los vecinos practicaban al lugar para agradecer al santo que les hubiese librado de diferentes contagios.
«De tal modo fue en aumento esta participación que los días quince y dieciséis de agosto era imposible describir el entusiasmo del inmenso gentío que, de todas las clases sociales, acude en esos días a visitar el templo; a refrescarse en los cafetines que se establecen».
La festividad de san Roque de 1928, eclipsada por una intensa tormenta En torno a las siete de la tarde del dieciséis de agosto de ese año, «descargaba una horrorosa nube de agua y piedra» en numerosas localidades de la provincia, soportando Murcia ciudad las consecuencias de este devastador temporal, en el que la torrencial lluvia, el fuerte viento y una descomunal granizada, destrozaron el arbolado de los jardines como también las plantaciones, rompiendo cristales y dañando tejados. Con similar virulencia se comportaba la feroz nube sobre el municipio de Totana que, a lo largo de «unos tres cuartos de hora» arrasó por «completo las cosechas, también el arbolado quedó completamente destrozado». El pueblo permaneció esa «noche a oscuras porque el pedrisco
rompió los cables del alumbrado.
Cristales no ha dejado uno solo en toda la población. La nube causó terror entre las gentes, pues hubo piedra que pesó medio kilo. Reina gran consternación entre la clase agrícola por haberse perdido no sólo la cosecha de naranjos y frutales, sino también el arbolado…». «Los huertos de naranjos presentan un aspecto desconsolador»
y «las naranjas han sido partidas por la piedra en dos pedazos. La almendra, que en estos terrenos va algo atrasada, ha sido arrancada de los árboles».
Las pérdidas fueron de envergadura.
Además, seis personas sufrieron lesiones a consecuencia de la granizada.
Lorca padeció también graves daños, mientras que Alhama de Murcia apenas estuvo afectada. Se convertía aquella placentera jornada en un día de luto, pues la nube llevó «en un momento a esta población la desolación y la ruina