El Dos de Oros. (Artículo de Juan María Martínez Martínez)

El Dos de Oros. (Artículo de Juan María Martínez Martínez)

No puedo recordar el colegio sin asociarlo con el fútbol. En mis primeros años de escuela, cuando salíamos al recreo, utilizábamos la explanada trasera del final del ala este para ello. Este campo de fútbol improvisado se ubicaba en la parte trasera de la vivienda que ocupaba Antonio, el conserje de la Escuela Hogar de Sierra Espuña.

 Hoy esta escuela es más conocida como Sanatorio de Sierra Espuña, aunque para mí fue mi colegio. Poníamos unas piedras de portería entre la pared y la barandilla y al otro lado nosservían los pivotes de piedra enlazados entre sí por una cadena. ¡Buaaa, como disfrutábamos… que “pifostio” se armaba…!; ¡Es falta…!, ¡no, no lo es…! ¡gooool…!, ¡no…, es muy alta, no vale…!, ¡el balón es mío y mando yo…!, ¡hala, se terminó...! 

Y qué decir de los campeonatos del final de curso; eso, eso sí que era un lujo total. Fabricábamos escobas con albaida y nos colocábamos en fila para abarcar y barrer el campo de punta a punta; después cogíamos tierra blanca de la parte trasera, próxima a la pista de baloncesto y cuidadosamente marcábamos las líneas del campo, se hacían los equipos y cada tarde, partido en directo.

Unos con camisetas de rayas blancas y azules y el contrario de rojas y blancas, (el único “pero” es que eran de manga larga y daban calor de aúpa), pantalón azul y hasta calcetas y todo ¡qué… profesionales…!

Cómo no, para un buen campeonato hace falta árbitro; para eso ahí estaban los profesores, ¡qué responsabilidad…!

En el intermedio llegaban compañeros con aquellas jarras de aluminio de alegres colores, llenas de agua de los pozos de la nieve (sí, esos pozos de la nieve recientemente restaurados) y un poco de limón, y al final de cada jornada se ponían los resultados y la clasificación en el hall, y al terminar el curso, medalla para los flamantes campeones.

 ¡Qué ilusión…! Era el día anterior a la gran final, el día siguiente jugaría el primer y segundo clasificado, nos lo jugábamos todo. ¡Yo quería una medalla…!

Para conseguir el éxito en nuestra empresa, mis compañeros de equipo y yo, nos plantamos a los pies del Cristo de la capilla. Allí estábamos, mi compañero Enrique y yo arrodillados ante el Cristo imponente. A mí se me ocurrió ofrecer la promesa de entregar un ramo de lilas si ganábamos; Enrique; que estaba a mi lado, añadió; “bueno si perdemos y no tenemos ninguna lesión también”.

Por nuestra amistad, lo acepté, a pesar de no estar muy de acuerdo.

Llegó la gran final y para nuestro desconsuelo perdimos, pero sin lesiones.

A pesar de todos los esfuerzos me quedé con las ganas de conseguir el preciado trofeo. Pasaron los años, terminé octavo de EGB y dejé el colegio; lo cerraron, desapareció el Cristo, la capilla y muchas otras cosas. La promesa no la había cumplido, y de vez en cuando volvía a mi mente. Por lo que una mañana de junio hace unosveinte años, cogí El Dos de Oros (mi bici), llegué a Los Tablares, cogí las lilas y atravesando la sierra, por los Siete Hermanos, llegué a mi colegio, una vez allí deposité las flores a los pies del Corazón de Jesús, sobre el mosaico de azulejos con las palabras “Escuela- Hogar”.