El siglo XVI en Totana, un tiempo de crecimiento poblacional. ( Por Juan Cánovas Mulero )

El siglo XVI en Totana, un tiempo de crecimiento poblacional. ( Por Juan Cánovas Mulero )
El siglo XVI en Totana, un tiempo de crecimiento poblacional. ( Por Juan Cánovas Mulero )
El siglo XVI en Totana, un tiempo de crecimiento poblacional. ( Por Juan Cánovas Mulero )
El siglo XVI en Totana, un tiempo de crecimiento poblacional. ( Por Juan Cánovas Mulero )

La fertilidad de los suelos, la presencia de agua, las posibilidades de comunicación, una climatología favorable, así como la firmeza de un orden establecido, avalados por referentes de sacralidad (templos, ermitas…) y espirituales, son, entre otros, elementos de especial atractivo para fijar el avecindamiento en un territorio.

 En este sentido, Totana ofrecía la intensa llamada y el seductor reclamo de las feraces tierras de llanura que la conforman y que, tras desaparecer, a partir de 1492, el peligro de las razzias procedentes de Al-Andalus que durante siglos habían desdibujado sus potencialidades, se mostraba como territorio propicio para acoger a los que abandonaban el constreñido recinto amurallado de la villa fortificada de Aledo.

En esa nueva realidad y en un escenario de paz y estabilidad, el que había sido arrabal vio ampliar sus zonas de roturación y de ocupación, apareciendo, entonces, para el conjunto poblacional el conocido como barrio de Totana y, posteriormente, la denominación de Sevilla y Triana, para definir cada uno de los enclaves que brotarán a ambos márgenes de la rambla de La Santa, un cauce seco que, en esporádicos rugidos, sembró de desolación las propiedades ribereñas.

 Cada uno de ellos contó con referentes sagrados que vincularon a sus gentes. En el barrio de Sevilla, el templo parroquial de Santiago que, finalizando su construcción en 1576, ampliaba las posibilidades congregacionales que ofrecía la primera ermita que se levantaba en la zona. Por otra parte, en el de Triana se configuraba el convento de franciscanos alcantarinos, afianzados en la villa desde 1602.

Paralelamente, con actuaciones encaminadas a dotar de regadíos a las tierras, la mayor parte de ellas «de pan llevar», con el predominio del cultivo del cereal, complementadas con el olivar y el viñedo, se renovaban tradiciones asentadas en periodos anteriores. De igual modo, se hizo preciso organizar la estructuración del naciente núcleo urbano, a fin de organizar la posible anarquía constructiva que se generaría ante el trazado de vías de comunicación y espacios comunales.

En ese contexto, al amparo de esa serie de concurrencias, comenzaba a vislumbrarse en Totana un tímido núcleo urbano que para 1507 se materializa con la ocupación de 98 vecinos, lo que debía de suponer un número de habitantes no superior a cuatrocientos. De ellos, eran cuantiosos tan solo siete, los cuales estaban obligados, por disponer de concretas rentas, a mantener armas y caballo, comprometiéndose a acudir a la llamada del monarca ante cualquier circunstancia de peligrosidad.

 En esta coyuntura, Totana se presenta para 1536 ocupada por 104 vecinos frente a los setenta y nueve que seguían afincados en Aledo. A pesar de este crecimiento poblacional, en el que predomina la atracción de moradores hacia la campiña, se observan periodos de cierto estancamiento, pues Totana, que contaba con 140 vecinos para 1525, frenaba su crecimiento en los años posteriores, lo que pudo estar motivado por las carestías derivadas de «la falta de pan».

Sin embargo, a partir de esa última fecha, los documentos oficiales son esperanzadores, pues recogen el crecimiento que experimenta la población y la confianza en su crecimiento. De hecho, para finales de la década de 1540 el número de vecinos se había duplicado, mientras que Aledo había perdido una parte considerable de residentes, reduciéndose prácticamente a la mitad, tal y como recoge la visita realizada por los santiaguistas a la zona en mayo de 1549, señalando la razón de que «los vecinos de ella (Aledo) se bajan a vivir a Totana», con lo que Totana experimenta un crecimiento demográfico que, con ciertos altibajos, se va a mantener hasta las primeras décadas del siglo XVII. En esa realidad se vivieron momentos de dificultad en tanto que en 1584 se quejaban las gentes del lugar de la gran esterilidad que venían padeciendo a lo largo de muchos años, notándose «una gran falta de trigo y cebada para sembrar», fluctuaciones climatológicas que se irán repitiendo en las siguientes décadas, acentuándose de tal modo que en el siglo XVII mermarán la capacidad de respuesta de la población debilitada por la extrema necesidad que se padecía por ser «años trabajosos y no haber llovido sino muy de tarde en tarde».

Juan Cánovas Mulero