Esperanza Pagan Abellan. Recientemente se ha jubilado como vendedora de la ONCE, un trabajo al que ha dedicado veinticinco años de su vida, y del que sobre todo se queda con el buen trato y el cariño recibido por la gente.
Esperanza Pagán Abellán ha for mado parte del paisaje de la cén trica plaza de la Balsa Vieja como si fuera un elemento más durante mu chos años. Allí, en los soportales, tenía su ubicación como vendedora de la ONCE hasta solo hace un par de me ses, cuando se jubiló de un trabajo al que le ha dedicado veinticinco años de su vida y en el que además de haber estado muy a gusto dice que le ha permitido conocer a muchos amigos y compañeros, para los que no tiene más que buenas palabras.
Esperanza es natural de Totana y nació hace 58 años. Debido a su discapacidad física pasó buena parte de su infancia en Madrid, donde se trasladó con cinco años y donde además de recibir tratamiento y terapias para fomentar su autonomía en el Hospital Niño Jesús, estudió como otros niños de su edad. Esa larga etapa de ingre so se prolongó varios años, con visitas de familiares y regresos a Totana du rante períodos vacacionales.
A los catorce años regresó ya definitivamente a Totana, pues ya se podía manejar de manera autónoma con sus muletas. Aquí continuó con su re habilitación en su propio domicilio.
A los 31 años y de manera un tan to casual conoció al director de zona de la ONCE y le ofrecieron la oportunidad de comenzar a trabajar en este organismo, al cumplir los requisitos para ello. Durante su trabajo en la organización se ha ubicado en diferentes puntos de venta, el primero de los cuales fue en la puerta del ya desaparecido Bar España, al principio de la calle San Antonio. Y los últimos diez años, al jubilarse la persona que vendía cupones en la zona de los soportales de la Balsa Vieja, pasó ella a ocupar ese lugar.
A pesar de que al principio se movía con el apoyo de muletas, sus problemas físicos la obligaron a operarse y desde entonces utiliza una silla motorizada para desplazarse.
Para Esperanza, lo mejor de su trabajo, han sido sin duda los compañeros y los clientes. “Ha sido una experiencia bonita pero también difícil.
Para mí no ha sido un simple trabajo, ha sido parte de mi vida. Lo peor han sido las temperaturas, tanto el frío en invierno como el calor en verano, al tener que trabajar todo el día en la calle, ya que tienes que estar con sol, lluvia, frío y en cualquier situación. Pero el balance final ha sido muy gratificante porque el trabajo dignifica y sobre todo para una persona con discapacidad”, señala.
De todos estos años se lleva relaciones de amistad con muchos de sus clientes: “El trato con la gente ha sido de lo mejor de mi trabajo porque aunque muchas veces era de poco tiempo, sobre todo los clientes de cada día siempre te comentaban algo, y se han creado lazos de amistad”, añade.
La ilusión de cada persona a la que le vendía un cupón ya era para ella un re galo. Sin embargo, especialmente satis factorio ha sido cuando ha dado algún premio, como el de 69.000 euros que dio en un eurojackpot o 100.000 de las anti guas pesetas en un sorteo de la ONCE, además de muchos boletos agraciados con pequeños premios.
Sin embargo, para ella lo más gratificante ha sido “el sentirme querida y protegida. Levantarme cada día con la ilusión de poder hacer feliz a alguno o algunos de mis vecinos, ya era para mí un auténtico premio”, indica.
Sobre la clientela que ha tenido durante este tiempo, recuerda muchos Después de 25 años como vendedora de cupones de la ONCE, el 30 de septiembre le llegó la jubilación a Esperanza, un momento que supuso para ella “un cúmulo de sentimientos encontrados, entre la alegría y la tristeza”. En este sentido, aunque reconoce que ahora dispone de más tiempo libre, confiesa que a lo que más le teme es “al aislamiento social, ya que antes me relacionaba con mucha gente y ahora estoy más tiempo sola en casa”.
Y es que si una cosa ha caracterizado a Esperanza ha sido su sonrisa y su buen talante con todo el que se acercaba, lo que le ha granjeado muchas amistades. De hecho, para despedirla le organizaron una fiesta sorpresa en Halloween, coincidiendo con su jubilación, en la que se dieron cita amigos y familiares, un gesto muy bonito que no esperaba y que guarda en su corazón.
En esta nueva etapa que tiene por delante, Esperanza va a tener más tiempo para ella, para leer, ver cine o hacer gimnasia con el fin de recuperar la máxima movilidad y prevenir caídas y tener una mejor calidad de vida, como explica.
Tras más de dos décadas vendiendo ilusión, Esperanza ya disfruta de su merecido descanso. Lo que sí quiere dejar claro es que para ella ha sido “un orgullo y un honor pertenecer a esta gran familia que es la ONCE”.
Y aunque ya no trabaje vendiendo cupones en la ONCE, queda en la memoria de todos aquellos que fueron sus clientes o de los vecinos que aunque no lo fueran, la veían cada día como parte del paisaje, con su sonrisa desde su pun to de venta en una de las esquinas de la plaza Balsa Vieja.




















