Improvisados y esporádicos lugares de enterramiento, codiciados por epidemias y calamidades, por Juan Cánovas Mulero

Improvisados y esporádicos lugares de enterramiento, codiciados por epidemias y calamidades, por Juan Cánovas Mulero
Improvisados y esporádicos lugares de enterramiento, codiciados por epidemias y calamidades, por Juan Cánovas Mulero
Improvisados y esporádicos lugares de enterramiento, codiciados por epidemias y calamidades, por Juan Cánovas Mulero
Improvisados y esporádicos lugares de enterramiento, codiciados por epidemias y calamidades, por Juan Cánovas Mulero

En los otoñales días del mes de noviembre, cuando nuestra tierra parece haberse olvidado de la climatología propia de esta estación, evocamos, con especial sensibilidad, la memoria de

aquellos que han fallecido y que, formando parte de nuestras vidas, nos acompañaron en el caminar, transmitiendo lo mejor de sí en favor de la convivencia, aportando el valioso testimonio de la superación, pues con profunda entereza avanzaron frente a las dificultades y limitaciones de periodos de adversidades. 

La visita a los cementerios en las festividades con que despunta el también llamado «mes de ánimas» ofrece una propicia oportunidad para la reflexión sobre nuestro papel en la existencia, pero también para acompasar el ritmo de la vida entendiendo su finitud, conscientes de que este recorrido tiene fecha de caducidad. Con la mirada puesta en la consideración que profesamos a estos espacios, recordamos el profundo sentido y arraigo, el peso que en la historia de nuestra cultura conserva la voluntad de enterrarse en sagrado, cuidado aspecto tanto de la Iglesia como de los difuntos, en cuyos testamentos se especificaba claramente este encargo. 

En muchos de ellos, además, se concretaba la tumba en que debían reposar los restos del otorgante. En Totana, entre 1567 y 1812, se dirigían las peticiones hacia el templo parroquial de Santiago, mayoritariamente y, en señalados casos, al convento de los franciscanos alcantarinos. 

La estabilidad emocional que procuraba el reposar en tierra bendecida, preservando sepulcro a perpetuidad, se rompía radicalmente en épocas de epidemias y catástrofes, pues se transformaba en un imposible la enraizada creencia según la cual yacer en lugar sacro y próximo a altares privilegiados, reportaba especiales beneficios de cara a la salvación. En esas coyunturas, los vecinos se vieron obligados a sepultar a sus congéneres en parajes apartados

de templos y cementerios, ajenos a las prácticas religiosas y alejados de esa «tierra de promisión» que acogía al cuerpo en espera de la resurrección de la carne. Tomar esa decisión no era fácil, pero no quedaba otra opción ante contagios o impedimentos dramáticos. 

En un paseo por el latir del municipio, recordamos las zonas en donde recibieron sepultura los habitantes de Totana o los forasteros que morían en ella cuando no eran inhumados en los

cementerios, primero en el parroquial y, desde 1812, en el de Las Ramblicas. 

Con la apertura y bendición del cementerio actual, el de Nuestra Señora del Carmen, en 1885, se habilitaron dos sectores anexos, uno para acoger el cuerpo de aquellos que morían antes

de recibir las aguas bautismales y, otro, para los fallecidos fuera de la fe católica y los suicidas. Este uso dejó de practicarse en la década de 1950. 

  • En 1604, se enterraba de limosna a un pobre de solemnidad en el Hospital.
  • En 1633, en sus disposiciones testamentarias, un vecino mandaba ser enterrado en el convento de san Buenaventura.
  • En marzo de 1802, se enterró en la ermita de Los Cantareros, «jurisdicción de esta villa de Totana, con licencia del señor cura Vicario, a causa de no poderse vadear el río» a un difunto

que llevaba tres días cadáver. Esta crecida del río estuvo provocada por las abundantes lluvias de la primavera.

  • En la tarde de treinta de abril de 1802, morían ahogadas un importante número de personas a causa de la rotura del pantano de Puentes (Lorca). Dieciocho cuerpos «se encontraron a las orillas del río, en la jurisdicción de esta villa de Totana ». De ellos, cinco fueron sepultados

en el Hospital de la Purísima, cuatro en la ermita de Corral Rubio y nueve en la de Los Cantareros.

  • En 1811, los afectados por la epidemia de fiebre amarilla fueron enterrados en la placeta de losSantos Médicos, entorno del actualcentro socio-cultural La Cárcel. En este mismo escenario se sepultaron otros vecinos que perdieron la vida en diversas epidemias desde el siglo XVII, al igual que en el conocido como Bancal de los Muertos, en el camino de Lorca a Murcia. En noviembre de ese mismo año, se procedió a la apertura del cementerio de Las Ramblicas, terreno sagrado que, hasta 1885, posibilitó las inhumaciones, momento en el que se

inauguró el actual de Nuestra Señora del Carmen, construido según las directrices del arquitecto diocesano Justo Millán Espinosa. 

  • Entre julio y octubre de 1834, se sufrieron los azotes de la epidemia de cólera morbo, una enfermedad contagiosa, caracterizada por diarreas, vómitos, calambres, colapso y congestión pulmonar. Por esta causa se produjeron en la villa el 42,8% de los fallecidos de ese año, llevando a la tumba a 126 moradores. Concluía la epidemia con la celebración el 27 de

octubre de 1834 con canto de «Tedeum y misa de acción de gracias al Señor» por su salvífica intervención.

En ese tiempo, muchos de los damnificados se enterraron en el cementerio de Las Ramblicas, ya en uso desde 1812, pero otros fueron sepultados en el huerto del Ramal y en los partidosrurales de Mortí, La Huerta, El Barranco y El Raiguero. 

  • El cinco de agosto de 1834, se enterraba a dos vecinos de Mazarrón, en el partido de La Alcanara, sitio de La Fontanilla, que habían muerto «desgraciadamente en una laguna

del río que pasa por dicho sitio».

  • En el verano de 1854, un nuevo brote de cólera afectó a la población, aunque con menor incidencia que en otras ocasiones. Sin embargo, no ocurrió lo mismo con el que surgió

entre el siete de agosto y mediados de septiembre de 1855, en tanto que castigó a su población de modo significativo, ocasionando la muerte de 190 personas en los 31 días en que se registran defunciones, lo que suponía el 54,1% del total del año. La mayor parte recibieron sepultura en el cementerio de la localidad y solo algunos en las diputaciones rurales referidas

anteriormente, a las que, además, se unía la de Carivete, conocida entonces como (Carga y Vete). 

  • A finales de la década de 1850, regresaba de nuevo el fantasma del cólera a Totana, causando, en 1859, la muerte de 77 vecinos, lo que representaba el 22,3 % de los que perecieron en ese año. A lo largo de la centuria no se consigue vencer esta perturbación infecciosa, sufriendo la población nuevas crisis sanitarias de similar naturaleza.
  • El tres de marzo de 1859, era sepultado en el partido de Santa Leocadia el cadáver de un vecino de Aledo, de cuarenta y cuatro años, que se había despeñado por un cejo.
  • El diez de julio de 1860, se enterraba en el cementerio de Las Ramblicas un hombre, natural de Lorca, que «desgraciadamente murió haciendo una excavación en la rambla de Lébor para construir un puente».

Son estos solo algunos de los ejemplos de las formas y prácticas de enterramiento, mucho antes de que en nuestra cultura se fuese implantando la incineración.