Víctor Tudela Crespo. Ha cubierto andando los más de 2.000 Kilómetros que separan Génova de Santiago de Compostela, una experiencia a la que además le ha dado una impronta solidaria, al recaudar fondos para la asociación AFACMUR

Víctor Tudela Crespo.  Ha cubierto andando los más de 2.000 Kilómetros que separan Génova de Santiago de Compostela, una experiencia a la que además le ha dado una impronta solidaria, al recaudar fondos para la asociación AFACMUR
Víctor Tudela Crespo.  Ha cubierto andando los más de 2.000 Kilómetros que separan Génova de Santiago de Compostela, una experiencia a la que además le ha dado una impronta solidaria, al recaudar fondos para la asociación AFACMUR
Víctor Tudela Crespo.  Ha cubierto andando los más de 2.000 Kilómetros que separan Génova de Santiago de Compostela, una experiencia a la que además le ha dado una impronta solidaria, al recaudar fondos para la asociación AFACMUR
Víctor Tudela Crespo.  Ha cubierto andando los más de 2.000 Kilómetros que separan Génova de Santiago de Compostela, una experiencia a la que además le ha dado una impronta solidaria, al recaudar fondos para la asociación AFACMUR
Víctor Tudela Crespo.  Ha cubierto andando los más de 2.000 Kilómetros que separan Génova de Santiago de Compostela, una experiencia a la que además le ha dado una impronta solidaria, al recaudar fondos para la asociación AFACMUR

Víctor Tudela Crespo es un joventotanero que este verano ha completado durante dos meses y medio el reto “CaminanteX3”, recorriendo más de 2.000 kilómetros a pie desde Génova (Italia) hasta Santiago de Compostela,
una experiencia a la que además quiso darle una impronta solidaria al recaudar fondos con esta iniciativa a favor de la Asociación de Familiares de Niños con Cáncer de la Región de Murcia (AFACMUR).


¿Quién es Víctor Tudela, para quien no lo conozca?
Soy un chico con muchas curiosidades… o quizás aprendiendo a tenerlas.
Estudio Administración y Dirección de Empresas en Murcia, aunque intento aprovechar cada oportunidad de movilidad para vivir en diferentes lugares y aprender de ellos. El año pasado cursé un año en León, mientras trabajaba
como monitor de pádel. Y ahora me marcho a Nápoles con una beca Erasmus, donde, si todo va bien, estaré muy cerca de terminar mis estudios.


¿Cómo surgió la idea de hacer el camino desde Génova hasta Santiago y por qué desde allí?
Hace un año hice mi primer Camino, desde Pamplona, y allí descubrí que existían muchas rutas y personas que llevaban recorridos mucho más largos.
Al terminar esa experiencia supe que mi siguiente Camino tenía que ser diferente, que tenía que marcar un antes y un después. Quise empezar en Roma, pero el tiempo que tenía no me lo permitía.
Entonces me dejé llevar por la intuición y elegí el puerto de Génova: comenzar junto al mar, para después dejarlo atrás durante un mes y medio, hasta llegar a la frontera de Francia y cruzar hacia España por Bayona.
Tu camino también tuvo un componente solidario.

¿Por qué lo uniste a una causa?
Desde el primer momento en que esta idea empezó a tomar forma, decidí que tenía que ser también un evento solidario.
Finalmente lo uní a AFACMUR, una asociación de mi Región que apoya a niños con cáncer y a sus familias, ofreciéndoles tratamientos, apoyo psicológico y acompañamiento en los momentos más difíciles. Para mí era importante
que cada paso no fuese solo mío, sino que sumara para algo más grande.
Hasta finales de septiembre el enlace para colaborar sigue activo en mi perfil de Instagram, para quienes quieran hacer sus últimas donaciones.
El Camino que has realizado se enmarca en CaminanteX3, un proyecto que va más allá de esta experiencia.
CaminanteX3 nació con un objetivo claro: comunicar mis inquietudes y, a través de mis curiosidades y experiencias, animar a todos aquellos que estén buscando algo en sí mismos. Por eso decidí compartir este viaje en vídeos.
Sabía que una pequeña parte de mi presente en el Camino se perdería en el tiempo que dedicara a grabar y editar, sobre todo teniendo en cuenta que antes mi relación con el móvil era muy distante, precisamente por lo consciente que soy del tiempo que roba a la vida real.
Aun así, sentí la necesidad de transmitir lo que vivo y lo que siento, porque sé que este tipo de experiencias no son solo mías: también pueden inspirar a otros. Esta vez, además, lo hice con un propósito solidario, uniendo el proyecto a AFACMUR, para que cada paso pudiera sumar a la vida de los niños con cáncer y sus familias.


¿Cuántas etapas hiciste y cómo se desarrollaron?
Salí de Génova el 1 de julio y llegué a Santiago el 5 de septiembre. Al principio no tenía un camino marcado, iba con Google Maps dejándome llevar por rutas que me obligaban a aprender paciencia y a tener bastante fe.
Hasta Oulx tuve suerte: solo dos noches al aire libre. El resto fueron acogidas, como una familia en Asti que mecuidó cuando me puse enfermo, o iglesias que me abrieron sus forestería o un simple suelo donde descansar.
Al llegar a Francia tuve mi primer impacto psicológico fuerte: había superado 15 días, pero me quedaban todavía dos meses. Intuí que la acogida sería más complicada, y eso me llevó a decidir olvidarme del tiempo, centrarme en
mantener una media de 30 kilómetros al día y, sobre todo, en vivir cada jornada con sus aprendizajes.

Dormí en tienda de campaña, parques, campings o a las afueras de pueblos y ciudades.
Recuerdo especialmente un día en que llegué sin alojamiento a Saint Rémy-de-Provence a las ocho de la tarde, y una familia me abrió su casa.
Tras Arlés el camino se volvió algo más sencillo, con más infraestructura de peregrino y albergues baratos. Hice una parada estratégica en casa de mis abuelos en Francia, donde vi a mi familia y me preparé psicológicamente
para seguir. A partir de Puisserguier crucé el sur de Francia en apenas 14 días, del 28 de julio al 11 de agosto, con una media de 36 kilómetros diarios. Fueron días de mucho desgaste, pero en ellos conocí a Pablo Salcedo, un joven que luchó contra la leucemia y cuya historia me inspiró profundamente a no rendirme.
Cuando crucé a España se me dibujó una sonrisa en la cara: había dejado atrás Italia y toda Francia de este a oeste. Sentí incluso un aire de turista más que de peregrino por la cantidad de gente que me encontraba y por la diferencia en el estilo del Camino. Después de tantas carreteras, elegí seguir por el Camino del Norte, con su dureza y su desnivel, pero también con la recompensa de caminar junto al mar. Ahí todo empezó a fluir: compartí experiencias con otros peregrinos y recibí la visita de mi familia, que caminó conmigo en algunas etapas.
Al llegar a Santiago, curiosamente, no sentí tanto. Y quizá ahí entendí la clave: lo importante no era la meta, sino cada paso. Habían sido 2.060 kilómetros, 67 días y 2.947.706 pasos. Lo que me transformó no fue la última zancada en la plaza del Obradoiro, sino la suma de todas las anteriores, las que me hicieron superar el día a día. Puede que todo esto no sea un final… sino el principio de algo mucho más grande. O puede que no. El futuro y presente hablarán.

¿Cómo te preparaste para un reto de estas características?
Físicamente se trata de ser constante: entrenar cada día, combinar cardio con trabajo de fuerza y acostumbrar al cuerpo a responder. Pero lo fundamental es la parte mental. Desde septiembre empecé a contar el tiempo día a día
para ser consciente de que me esperaban más de dos meses de camino, con toda su incertidumbre, sus pruebas y sus momentos de conexión con la esencia de uno mismo y de la gente que te rodea.
Entendí que lo único que podía controlar eran mis pensamientos, y me concentré en elegirlos lo mejor posible.
Cuando contaba este viaje a los demás, notaba en sus ojos cierta falta de fe.

Eso me hizo reafirmarme aún más: por eso animo a cada uno a confiar en sí mismo o, al menos, a empezar a conocerse. Yo también sigo en ese proceso, porque si me comparo con la vida, todavía soy un crío que tiene mucho que aprender.
Cuéntanos alguna anécdota o momento destacado.
El Camino me regaló muchas historias. La primera noche dormí en una parada de bus, sin imaginar lo que estaba por venir. No encontré a mi primer peregrino hasta el día 17 del viaje: llevaba medio mes caminando solo, y ese peregrino venía desde Burgos en bici rumbo a Roma. Hubo acogidas en iglesias, familias que me abrieron la puerta de su casa por casualidad, y noches en las que montaba la tienda donde podía.
También conocí a grandes viajeros: uno que iba desde Roma a Marruecos en bici, otro de Lisboa a Roma andando, o un francés que andaba de París a Santiago. Cada encuentro me recordaba que no estaba solo, que el mundo
está lleno de personas que también se atreven a seguir sus sueños.
En Francia tuve la suerte de reencontrarme con parte de mi familia, que me dio un respiro y me ayudó a recuperar fuerzas, tanto físicas como psicológicas.
Y en España, mi familia totanera vino a caminar conmigo algunas etapas. Fue una de las mejores sensaciones de este viaje: después de superar todo lo anterior, poder compartirlo con ellos, sentir cómo me animaban y apoyaban… y, sobre todo, verles vivir el Camino en primera persona.
No era tu primer Camino,

¿qué diferencias encontraste?
Este fue mi segundo Camino. El primero lo hice el año pasado, de Pamplona a Santiago. Fue casi improvisado: un domingo trabajé en las barras de unas fiestas en Totana y al día siguiente decidí empezar. Apenas sabía nada del
Camino, y creo que precisamente por eso me fascinó tanto. Fue mi rodaje inicial, el que me enseñó qué significaba realmente ser peregrino. 

Esta vez la experiencia fue distinta: más larga, más exigente, más preparada en lo físico y en lo mental. Pero ambas tuvieron su esencia. Lo que sí se repitió fue el resultado: el Víctor que llegó no era el mismo que salió. Con la misma esencia, pero cada vez más pleno. Y aun así, siento que esto es solo un comienzo.
El Camino me enseñó mucho, pero me queda aún mucho rodaje en la vida.


¿Crees que el Camino te cambia?
Puede que sí… o puede que no. Lo que he aprendido en mis caminos es que en el Camino se junta mucha gente que está buscando algo en la vida. Esa búsqueda común, aunque sea distinta o incluso desconocida para cada uno, hace que las relaciones sean más armoniosas y el Camino más llevadero.
En mi caso, decidí hacerlo en gran parte solo. Cuando vas acompañado, de algún modo ya te cierras a una conexión que tienes de antemano. En cambio, cuando vas solo, te abres con tu propio estilo a lo que cada lugar y cada persona pueden ofrecerte. Solo, es una experiencia más introspectiva; acompañado, puede ser un viaje para reforzar vínculos y compartir. Ambas formas tienen su esencia, y cada una puede transformar de manera diferente.


¿Vas a repetir la experiencia en próximos años?
No sé si repetir es la palabra. Lo que viví fue tan intenso que no tendría sentido buscar lo mismo otra vez. Más que regresar al mismo camino, lo que siento es que necesito abrir otros, distintos, quizás más extremos, quizás en otros lugares. El Camino me enseñó que cada reto tiene su momento, y que forzar lo vivido sería vaciarlo de sentido.
Si habrá otro viaje así, lo descubriré andando. Puede ser el principio de algo más… o puede que no.


A nivel personal, ¿qué proyectos o retostienes a corto y medio plazo?
Terminar mis estudios y aprovechar mi año en Nápoles, que sé que no será un año cualquiera. También seguir dando forma a Caminante X3 como un proyecto de vida, donde se mezclan deporte, aventura y solidaridad. Pero, sobre
todo, el reto más grande para mí es seguir viviendo el presente sin perder mi esencia. Lo demás… el tiempo hablará por mí.